La mañana que la Remei me llevó a su colmenar de abejas negras y me habló de la paciencia de las reinas
La Remei no se parece a ningún apicultor que haya conocido. Es pequeña, habla bajito y se mueve entre las colmenas como si bailara con el humo. Una mañana de primavera me dijo: —Ven, que hoy abrimos las colmenas para revisar la cría. Me puso el traje blanco, pero ella no se lo puso. —Ellas me conocen —explicó, y era cierto: las abejas no la picaban, solo zumbaban a su alrededor como si la saludaran.
Me senté junto a ella mientras levantaba los panales y los inspeccionaba uno a uno. Me enseñó a distinguir la reina, más alargada, y los huevos blancos que las obreras cuidan. —La abeja reina no manda —dijo—, solo pone huevos, y las obreras deciden cuándo alimentarla y cuándo cambiarla. La democracia está en los insectos, pensé mientras miraba aquel enjambre organizado.(7camiseta)
Mientras trabajábamos, me contó que estas abejas son de una raza autóctona, más resistentes al frío, pero que están desapareciendo por las abejas comerciales. Ella cría las suyas en troncos huecos, como se hacía antes, sin químicos. Me dejó probar la miel directamente del panal, oscura y espesa, con un regusto a monte bajo y a tomillo salvaje. No era dulce, era compleja, como un vino.(Tienda de Camisetas Fútbol Baratas)
Al despedirme, me regaló un tarro pequeño con la miel de aquella mañana. —Para que recuerdes que lo pequeño gobierna el mundo —dijo. Y yo, que siempre había pensado en las abejas como algo molesto, ahora las veo como un pequeño milagro que la Remei cuida con manos desnudas y una fe que no necesita explicaciones.